El pequeño que llega al colegio para relacionarse con

sus iguales tiene que aprender un nuevo modo de relación, que evidentemente han de saber propiciar y enseñar los profesores de preescolar y ciclo inicial. La clave está en que el profesor-educador logre que cada uno de los pequeños se sienta importante por algo y note que es apreciado, estimado y aceptado por sus compañeros y su profesor.
No es el niño quien debe acomodarse a las pautas de la escuela o del profesor, sino que es la escuela y cada profesor en concreto los que deberán adaptarse a la realidad concreta de cada niño.
Se trata de formarlo, enriquecerlo y propiciar un desarrollo integral, más que de clasificarlo y etiquetarlo.
La inadaptación escolar se manifiesta en numerosas ocasiones por la indisciplina y por los malos resultados escolares. Hay muchos factores que pueden desencadenarla, como son los horarios sobrecargados, el exceso de deberes, la clase o el mismo colegio si no están adaptados al niño, o el sistema de enseñanza demasiado teórico y que no consigue despertar el interés y el entusiasmo del estudiante.
La adolescencia
El adolescente oscila entre la timidez y el descaro, no encaja todavía en la sociedad de los adultos y mantiene el anticonformismo como lema principal.

La «crisis de la originalidad» del adolescente saca de quicio a padres y educadores en esa persistente manía juvenil de distinguirse y diferenciarse a base de extravagancias. El adolescente se siente abrumado por la realidad de cada día, por las obligaciones y responsabilidades. Los padres y educadores debemos conocer al detalle esta etapa de crisis por la que están pasando nuestros hijos y alumnos y comprender que el paso de la inadaptabilidad a la adaptabilidad juvenil depende en gran medida de la forma en que nos comportemos y reaccionemos ante los desplantes, salidas de tono, llamadas de atención y actitudes extrañas y casi siempre insolentes del joven.
La actitud correcta del adulto ha de ser siempre firme pero comprensiva, serena e inalterable. Lo peor que puede hacer un adulto es ponerse al mismo nivel de desestabilización psicológica del adolescente, gritando, amenazando o vociferando.
Pautas a seguir
1. Escucha a tu hijo atenta y cuidadosamente, y permítele expresarse con tranquilidad y dar sus razones en un ambiente distendido.
2. Explícale la disciplina y la buena conducta con razonamientos, con voz afable y gestos afectuosos pero firmes. No le riñas por ser violento, sucio o inaplicado, sino dile las maldades e inconvenientes de la violencia, de la suciedad y de la vagancia en general.
3. Alábale aquellas conductas que deseas fomentar, y siempre que le corrijas por algo que ha hecho mal, recuérdale a renglón seguido otras ocasiones en que se portó maravillosamente. Que quede muy claro que tiene muchas cosas buenas y que puede superarse.
4. Enséñale y ayúdale a saber marcarse unos objetivos y a cumplirlos. Ayúdale con mucha comprensión a ser más disciplinado.
5. Demuéstrale en la práctica cómo no siempre se puede hacer nuestro capricho y cómo tenemos que saber acomodar nuestras necesidades y deseos a las necesidades y deseos de los demás, saliendo de nuestro egoísmo, pues necesitamos la aprobación y el afecto de quienes nos rodean.
6. Crea siempre expectativas alcanzables, evita derrotismos, ofrece alternativas y deja siempre una puerta abierta a la esperanza.
7. Un niño inadaptado es un niño desgraciado; comienza por hacerle más feliz reconociendo alguno de sus méritos y facilítale las cosas para que le sea sencillo y nada complicado adoptar conductas positivas que alabarás con entusiasmo al instante